Bloque II — La Era Feudal-Imperial · Años 12,001 – 35,000
CANTO XXX
EL ÚLTIMO NAHUALLI DE LA ERA IMPERIAL
Año 35,000 · La Confesión del Testigo Final
29 minutos de lectura
Tzinhual y el Cipactli de 180 años. El último guerrero del Orden Original que vio el fin del Imperio.
"Hay una diferencia entre el testigo que narra y el testigo que ya no puede narrar a nadie más. El segundo tipo no existe en los libros de historia porque los libros de historia los escriben los que sobreviven al testigo, que no estuvieron ahí. El tipo de testigo que yo soy ahora — el que ha sobrevivido a todos los que estuvieron ahí conmigo — tiene una experiencia que no tiene nombre porque no hay suficientes de ese tipo para que el idioma haya necesitado nombrarlo. Así que me lo invento: el testigo que le habla a quien ya no puede responder porque es el único oyente que queda."
— Tzinhual — narración al Cipactli — año 35,000
"El Cipactli lleva ciento ochenta años. Eso significa que conoció el mundo antes de que yo naciera. Eso significa que cuando yo muera, el Cipactli habrá visto más que yo. No más que yo de lo que yo vi. Más que yo de lo que yo no alcanzaré a ver. El animal es el único ser del mundo anterior que tiene continuidad con lo que viene. Yo soy el puente entre el Bloque II y lo que sigue. El Cipactli es el puente entre lo que sigue y lo que no puedo imaginar."
— Tzinhual — narración al Cipactli — año 35,000 — mismo texto
I. EL PRESENTE — DÓNDE ESTAMOS CUANDO EMPIEZA ESTA HISTORIA
Estoy sentado. Esto no es información trivial a los ciento cuarenta años: estar sentado es una postura que el cuerpo de ciento cuarenta años adopta con gratitud específica. Los cuerpos jóvenes se sientan porque no están de pie. Los cuerpos de ciento cuarenta años se sientan porque sentarse es lo que el cuerpo pide con la precisión con que el hambre pide comida. La diferencia entre la postura como estado neutral y la postura como lo que el cuerpo necesita para seguir operando: esa diferencia la aprende el que vive suficiente.
El Cipactli está a mi derecha. Lleva ahí ciento veinte años — a mi derecha, que es el lado donde siempre ha estado desde el segundo año del vínculo, cuando los dos aprendimos que la proximidad sin protocolo establecido produce la intimidad específica de los que han elegido estar juntos lo suficiente como para que el espacio entre ellos tenga una forma permanente. El Cipactli ocupa el lado derecho del espacio de Tzinhual. Este es un hecho sobre el espacio tanto como sobre el animal.
El Cipactli tiene ciento ochenta años. El Cipactli es más viejo que yo en el sentido en que los Cipactli son viejos: con la acumulación de estados que el sistema nervioso del Cipactli registra como capas superpuestas, cada capa un período de existencia que no canceló la anterior sino que se añadió sobre ella. Los Cipactli viejos tienen una densidad específica — no de cuerpo, de presencia. La densidad de lo que ha pasado por un ser sin destruirlo.
Hace ocho años que el Cipactli dejó de articular sonidos que yo pueda reconocer como idioma. No es que se haya callado — sigue produciendo sonidos. Pero los sonidos que produce ya no tienen la estructura de los sonidos que durante ciento doce años fue capaz de producir en la forma que el vínculo permite: no palabras, nunca palabras, sino tonos con estructura de intención que los Nahualli con experiencia aprenden a distinguir como comunicación. Ahora los tonos son más simples. Más redondos. Como los sonidos que los seres hacen antes de aprender a articular intención o después de haberla olvidado.
Lo que el Cipactli comunica ahora no es lo que antes comunicaba. Es algo anterior al contenido y posterior a él: la presencia pura del ser que no tiene ya las herramientas de la intención elaborada y que por eso transmite lo único que el ser puede transmitir sin herramientas. Que está. Que escucha. Que el que habla no habla al vacío.
Le hablo al Cipactli desde hace ocho años con la conciencia de que el Cipactli no puede responderme en los términos que antes respondía. Esto modifica lo que digo pero no el acto de decirlo. El que habla a alguien que no puede responder no habla para recibir respuesta. Habla porque el hablar hacia alguien que escucha — aunque no pueda responder, aunque la escucha sea la escucha reducida del ser que ya no tiene el aparato de la articulación elaborada — es completamente diferente al hablar hacia el vacío. El vacío no tiene peso. El Cipactli pesa. El peso del Cipactli a mi derecha es el contrapeso que hace que lo que digo tenga gravedad en lugar de disiparse.
Voy a decirle lo que llevo años sin poder decirle a nadie que pudiera entenderlo, porque los que podían entenderlo fueron muriendo con la cadencia de los que no viven ciento cuarenta años. Primero los de mi generación. Después los más jóvenes que yo que habían crecido en el Orden antes de que el Orden se integrara completamente al servicio imperial. Después los que habían llegado al Orden después de la integración y que tenían la práctica pero no la memoria. Uno a uno. El orden específico en que los seres desaparecen del espacio de los que sobreviven.
Quedé solo no de golpe sino por acumulación. Esta es la manera en que la soledad más profunda llega: no como evento único que se puede nombrar como el momento en que quedé solo sino como proceso que solo se reconoce como completado cuando ya está completado. Un día miro alrededor y los que podían entender lo que entiendo ya no están. El Cipactli sigue. Y el Cipactli entiende lo que entiende — que es diferente y más y menos que lo que los de mi especie podían entender. Pero entiende de una manera que el cuerpo de ciento ochenta años entiende, que es la manera que vale ahora.
El vínculo con el Cipactli es el vínculo más antiguo que existe en el mundo anterior en este año 35,000. El vínculo de Xolo-de-las-Cicatrices y el Cipactli original duró ochenta y siete años, que fue lo que vivió el primer Nahualli. El nuestro dura ciento veinte años y el Cipactli sigue. No sé cuántos años más dura. El Cipactli no puede decirme cuántos años más dura. Yo no puedo calcular cuántos años más dura el cuerpo de ciento cuarenta. Lo que existe es el vínculo en este año 35,000, y que existe es suficiente para lo que tengo que decirle.
[REGISTRO ALEPH §35000.TZINHUAL] El Aleph registra a Tzinhual como el ser humano de mayor edad documentado en el mundo anterior al año 35,000. Los 140 años de Tzinhual superan el promedio de vida de los Nahualli del Orden Original por ochenta y dos años. El Aleph atribuye la longevidad de Tzinhual no a condición genética excepcional sino al efecto documentado del vínculo de larga duración sobre los marcadores de envejecimiento del portador: los Nahualli con vínculos de más de cincuenta años muestran consistentemente menor tasa de degeneración celular que los de la misma especie sin vínculo o con vínculo joven. El vínculo de ciento veinte años con el Cipactli ha extendido la vida de Tzinhual más allá de cualquier límite documentado. La extensión no es gratuita: Tzinhual funciona a los 140 años con la capacidad de un ser de 90 en términos de movilidad y resistencia, pero con una claridad cognitiva que los estudios post-Génesis atribuyen al efecto del vínculo prolongado sobre las redes neuronales asociadas con la memoria y la integración de experiencias.
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II. LO QUE VIO — EL BLOQUE II DESDE UNA SOLA VIDA
Voy a contarte lo que vi. No en el orden en que lo vi — el orden cronológico es el orden de los archivos y los archivos los tiene el Arcanum. Voy a contarlo en el orden en que pesa, que es el único orden que me queda a ciento cuarenta años cuando el cuerpo ya no puede darse el lujo de contar las cosas en el orden en que no pesan.
· EL ORIGEN QUE NO VI PERO TOQUÉ ·
Tenía veinte años cuando conocí a Huitzil-de-los-Cuatro-Ríos, que era el último Nahualli que había conocido directamente a alguien que había conocido a Xolo-de-las-Cicatrices. Esto significa que yo soy el primero del Orden que puede decir que conoció al que conoció al que conoció al fundador. No como linaje de sangre. Como cadena de presencia: el recuerdo de Xolo vivía en Huitzil no como texto sino como imagen — lo que Huitzil decía que Xolo parecía cuando estaba en presencia del Cipactli original. No los dichos de Xolo ni los principios del Orden que Xolo no llegó a formular como principios sino como práctica. La imagen del cuerpo. El modo en que alguien se mueve cuando lo que lleva adentro ha cambiado de una manera que el cuerpo todavía no ha terminado de aprender a sostener.
Huitzil me dijo que Xolo se movía con la levedad del que ha soltado algo muy pesado. No la levedad del que nunca cargó — esa levedad es vacuidad. La levedad del que cargó algo tan pesado durante tanto tiempo que cuando lo soltó el cuerpo tardó años en aprender a moverse sin el peso que ya no estaba. El cuerpo de Xolo, según Huitzil, se movía todavía a veces como si el peso estuviera ahí. Y a veces, sin aviso, con la gracia completa del que ya sabe que no está.
Yo no sé si me muevo como Xolo. No puedo verme moverme desde afuera. Lo que sé es que después de ciento veinte años con el Cipactli hay momentos en que algo en el cuerpo sabe exactamente dónde está el Cipactli sin que los ojos miren. No como habilidad cultivada. Como consecuencia de haber habitado durante ciento veinte años el mismo espacio que otro ser también habitaba. La presencia del Cipactli se volvió parte de la geometría del espacio de Tzinhual. Eso es lo más cercano que tengo a lo que Huitzil describía en Xolo.
· LA FRACTURA QUE NO SE CERRÓ ·
Tenía treinta años cuando el Señor Ixcatl ofreció el contrato al Orden. Esto significa que ya tenía diez años de vínculo con el Cipactli, que tenía entonces setenta. Era suficiente para haber aprendido lo que el vínculo de diez años enseña: que el vínculo libre tiene una textura que no se puede falsificar porque la textura viene de lo que el vínculo ha acumulado y lo acumulado no puede acelerarse. El Cipactli de setenta años no era el Cipactli de veinte. Yo de treinta no era quien había entrado en el vínculo a los veinte. Habíamos cambiado el uno al otro de las maneras que el tiempo y la atención y la elección renovada cada día producen.
La oferta del contrato llegó al Orden en el año 15,400. Yo estaba en la sala cuando el Señor Ixcatl la presentó. Era una sala de piedra en el Prominente norte con ventanas altas y la luz de la tarde entrando oblicua de la manera que la luz del Prominente norte tiene en esa estación. El Señor Ixcatl no era un hombre que impresionara por el tamaño o la voz. Era un hombre que impresionaba por la calidad de su atención: cuando el Señor Ixcatl miraba a alguien, ese alguien tenía la sensación de ser visto completo en lugar de visto suficiente. Este es el don más poderoso del liderazgo y el más peligroso porque produce en el visto la disposición de dar al que ve lo que el que ve pide.
El Señor Ixcatl nos miró a todos en esa sala. Miró al Cipactli también, con la atención que los que entienden de vínculos dan al animal tanto como al Nahualli. Presentó el contrato en el lenguaje que lo hacía lo que era: no una rendición sino una alianza. No una compra sino una asociación. No la pérdida del vínculo libre sino la posibilidad de que el vínculo libre operara en condiciones de protección en lugar de condiciones de persecución.
La votación fue sesenta y siete a treinta y uno. Yo voté con los treinta y uno. No porque el argumento del Señor Ixcatl fuera malo — era un argumento bueno, con la bondad de los argumentos que dicen algo verdadero en la dirección equivocada. Lo que el contrato decía verdaderamente: que la protección era real y que la protección tenía costo real. Lo que decía en la dirección equivocada: que el costo era administrable. Sesenta y siete creyeron que el costo era administrable. Treinta y uno creímos que el costo administrable produce con el tiempo el costo inmanejable.
Los treinta y uno que votamos en contra quemamos nuestros papeles en el patio de la misma sala de piedra, con el fuego que alguien trajo en una vasija de barro. Vi los papeles arder. Vi los rostros de los que los quemaban. Vi al Cipactli mirando el fuego con la atención que el Cipactli da a las cosas que reconoce como cambios en el estado del mundo. El Cipactli sabía que algo irreversible estaba ocurriendo. Los animales de vínculo siempre saben cuando algo irreversible está ocurriendo. No saben el contenido del cambio. Saben la irreversibilidad.
La fractura del Orden en el año 15,400 fue la fractura que el Bloque II nunca cerró. No porque no pudiera cerrarse — había momentos en los diecinueve mil quinientos años siguientes en que la distancia entre los dos lados se redujo. El Concilio de Crisol del año 25,000 fue uno de esos momentos. Pero reducirse no es cerrarse. La fractura siguió siendo fractura. Y yo estuve en el momento en que se abrió y puedo decirte que lo que se abrió ahí era demasiado para cerrarse después.
· LO QUE DURÓ — EL PESO DEL ESPLENDOR ·
El Imperio duró. Esto hay que decirlo primero y sin ironía porque si se dice con ironía se pierde lo que tiene de verdad: que veinte mil años de estabilidad en los centros no es un fracaso aunque fuera acompañado de sangrado en los márgenes. Los seres que nacieron en el Prominente central entre el año 21,000 y el año 33,000 nacieron en el mundo más estable que el experimento había producido hasta ese punto. Tenían comida con regularidad. Tenían protección con regularidad. Tenían una expectativa razonable de que lo que construían hoy existiría mañana.
Esto no es nada. No es suficiente. Pero tampoco es nada. Yo vi el período anterior al Imperio, los últimos años del Proto-Imperio y las guerras de sucesión. Vi también el Imperio en su apogeo y en su decadencia. La diferencia entre los tres períodos no es la diferencia entre lo bueno y lo malo. Es la diferencia entre el tipo de daño que cada uno producía. El período anterior al Imperio producía daño agudo — la violencia directa, el hambre de la inestabilidad, el miedo del que no sabe si mañana el territorio que habitó ayer sigue siendo habitable. El Imperio producía daño crónico — el sangrado lento en los márgenes, la acumulación de lo que no circula, el costo diferido que llega cuando el sistema ya no puede diferirlo más.
Los seres que prefieren el daño agudo al daño crónico son los seres que nunca experimentaron el daño agudo suficientemente. Los seres que experimentaron el daño agudo con la intensidad con que yo lo experimenté a los treinta años en el período de las guerras de sucesión — el período que el Canto XXVI documentó con los cuatro frentes y que yo viví desde el frente del Daimon, que era el frente más cercano a donde los Nahualli Libres operábamos — esos seres saben que el daño crónico, aunque sea peor en el largo plazo, tiene la cualidad que el daño agudo no tiene: deja tiempo para pensar.
El Imperio fue lo peor que nos pasó y lo mejor que nos pasó en la misma frase y al mismo tiempo. No te puedo dar una evaluación más limpia que esa porque no la tengo.
· LA QUEMA — LO QUE SENTÍ CUANDO ARDIÓ ·
Tenía setenta años cuando comenzó la Gran Quema. El Cipactli tenía ciento treinta. Vivíamos en el Daimon profundo, en el territorio que los Nahualli Libres habían construido en generaciones sucesivas con la paciencia de los que saben que lo que construyen no es para ellos sino para los que vendrán después.
Los primeros años de la Gran Quema los viví como los vivimos todos los que estábamos en el Daimon en ese período: en la distancia del que sabe que la operación está ocurriendo en otros continentes y que llegará eventualmente y que el tiempo que hay antes de que llegue es tiempo de preparación. Los Nahualli Libres del Exorbitante norte habían enviado la alerta con cinco años de anticipación. Teníamos cinco años.
El año 32,990 fue el año en que memoricé los veintiún principios del Código. Un principio por mes. El Principio I en el primer mes: el ser existe antes de cualquier función que el sistema le asigne. Lo repasaba cada mañana durante un mes hasta que no era texto sino cosa sabida — el tipo de saber que el cuerpo tiene sin que la mente necesite recordarlo activamente, como el cuerpo sabe donde está el suelo sin que la mente lo calcule.
Al final de los veintiún meses los tenía todos. Lo sé porque en el vigésimo segundo mes, el mes después del último principio, me desperté antes del amanecer con la sensación específica de los que han terminado algo que requería tiempo completo y que en la noche siguiente al final duermen diferente. El cuerpo que ha terminado algo importante duerme con un peso distinto. Más ligero no — más descansado. La diferencia entre el peso del que todavía tiene algo pendiente y el peso del que ha hecho lo que vino a hacer.
Cuando los equipos de clasificación llegaron al Daimon en el año 33,008, no encontraron el Código en papel en las ubicaciones que sus listas indicaban. No porque los Nahualli Libres lo hubieran ocultado bien. Porque llevaba dieciocho años sin estar en papel. Estaba en treinta y siete cuerpos. El mío era uno de los treinta y siete. El equipo de clasificación que entró al territorio donde yo vivía en el año 33,010 no me clasificó porque no tenía en mí nada que clasificar en el sentido que su Manual entendía la clasificación. Lo que yo portaba no era papel.
Lo que sentí cuando ardieron los textos no fue lo que esperaba sentir. Esperaba la rabia que siente el que ve destruir lo que considera propio. Lo que sentí fue algo más frío y más estable que la rabia: la certeza de que lo que ardía no era lo que yo portaba. Lo que ardía era la evidencia de que existía. Y la evidencia es lo que el que tiene el poder quema porque la evidencia es lo que el poder puede alcanzar. Lo que la evidencia señalaba — los veintiún principios, la práctica del vínculo libre, la frecuencia que el Profeta describió — eso no estaba en el papel.
El Imperio quemó el mapa. No el territorio. El error del que quema el mapa es creer que sin mapa el territorio deja de existir. El territorio existe con o sin mapa. El que sabe el territorio de memoria puede seguir moviéndose en él aunque no quede papel que lo dibuje.
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III. EL CÓDIGO — LOS VEINTIÚN PRINCIPIOS DESDE LA MEMORIA DE TZINHUAL
Voy a recitarlos. No para que quede constancia — la constancia ya existe en los treinta y siete cuerpos y en los dragones que los tienen en escamas y en los estudiantes de Academia que los memorizaron sin querer. Los recito para el Cipactli. El Cipactli escuchó cómo los aprendí. Es justo que el Cipactli los escuche completos una vez.
Los recito en el orden en que los aprendí. Un principio, una pausa. El Cipactli entre principio y principio. La pausa es parte del Código tanto como el texto.
Principio I
El ser existe antes de cualquier función que el sistema le asigne.
Principio II
La libertad no requiere condiciones externas para existir. Requiere que el ser asuma la postura del que no está determinado completamente por lo que le rodea.
Principio III
El vínculo elegido es la expresión más alta de la libertad.
Principio IV
La libertad tiene precio. Nombrar lo que cuesta es parte de decir lo que es.
Principio V
La libertad no es soledad. Es el estado del ser que puede elegir su compañía.
Principio VI
El ser que ha asumido su propia libertad no puede ver al otro como instrumento sin contradicirse.
Principio VII
Ningún poder puede dar libertad al ser. Puede crear condiciones más o menos favorables para que el ser la asuma.
Principio VIII
El vínculo no completa al ser incompleto. Expande al ser completo.
Principio IX
El mismo resultado producido por asignación y por reconocimiento son cosas distintas. El origen no es un detalle. Es la naturaleza del acto.
Principio X
En la dificultad se distingue el vínculo elegido del vínculo obligado. El elegido busca al ser. El obligado busca las condiciones.
Principio XI
El vínculo exige que el ser se deje cambiar por lo que elige vincularse. Esa exigencia no es carga. Es la naturaleza del vínculo real.
Principio XII
La ruptura con razón honra lo que fue. La ruptura con miedo es el abandono disfrazado de decisión.
Principio XIII
El Imperio confiscó los certificados de nuestros abuelos. Los vínculos siguieron después del fuego.
Principio XIV
El vínculo con el animal es la escuela de todos los vínculos. Quien lo ha vivido sabe lo que buscar en los demás.
Principio XV
Trascender no es desaparecer. Es ser suficientemente grande para incluir lo que antes era afuera.
Principio XVI
La trascendencia no protege de lo que cuesta. La protección de lo que cuesta impide la trascendencia.
Principio XVII
La comunidad elegida no se disuelve cuando desaparece la necesidad que la formó. Se disuelve cuando deja de ser elegida.
Principio XVIII
El ser libre tiene el deber de testimoniar su libertad.
Principio XIX
La herejía que nadie firma no puede ser extirpada. Solo puede ser quemada en papel.
Principio XX
Este Código no da libertad. Señala hacia donde encontrarla. La diferencia entre los dos es el camino que el ser tiene que hacer solo.
Principio XXI
Lo que fue libre, fue libre. Para siempre.
Eso es todo. Los veintiún principios completos. Veintidós meses en aprenderlos. Sesenta y cinco años en llevarlos. El Principio XXI es el último y el que más necesito ahora mismo: lo que fue libre fue libre para siempre. Lo que la Gran Quema quemó estuvo libre antes de arder. Eso no puede deshacerse. El tiempo no deshace lo que fue.
El Cipactli no respondió en el lenguaje que durante ciento doce años había usado para responder. Pero el Cipactli tampoco se movió. Se quedó exactamente donde estaba, al lado derecho del espacio de Tzinhual, con el peso de ciento ochenta años de ser el animal que era y de haber escuchado lo que había escuchado durante todo ese tiempo. El peso del Cipactli era la respuesta. El que está y escucha sin poder ya decir más que que está y escucha: esa también es una forma de decir todo.
IV. EL BALANCE — LO QUE UN SER QUE VIO EL BLOQUE II ENTIENDE SOBRE ÉL
El balance no lo pido al archivero ni al historiador. El archivero tiene los datos y los datos no son el balance. El historiador tiene el argumento y el argumento no es el balance. El balance es lo que tiene el testigo que sobrevivió a lo que testifica: la versión de los hechos que solo puede producirse desde adentro de la duración de los hechos, desde la perspectiva del que los vivió como vida y no como objeto de estudio.
El balance del Bloque II desde mi perspectiva es este:
Lo que el Bloque II intentó: construir sistemas que duraran. El Imperio que duraría para siempre. El Arcanum que preservaría el conocimiento para siempre. Las Casas de Sangre que sostendrían el orden para siempre. Todos los sistemas del Bloque II se construyeron con la gramática del para siempre.
Lo que el Bloque II logró: sistemas que duraron mucho. No para siempre. El Imperio duró veinte mil años. Las Casas de Sangre duraron quince mil. El Arcanum dura todavía, aunque lo que dura del Arcanum ya no es lo que el Arcanum creyó que duraría. Durar mucho no es lo mismo que durar para siempre pero tampoco es nada.
Lo que el Bloque II no pudo: ver sus propios costos desde adentro. El Imperio no podía ver el sangrado en los márgenes desde el centro que el sangrado sostenía. Las Casas de Sangre no podían ver la acumulación que sus sistemas producían hasta que el espejo de obsidiana se lo mostraba. El Arcanum no podía ver que el conocimiento que protegía era la misma cosa que el conocimiento que destruía, solo que con el sello correcto.
Lo que sobrevivió del Bloque II que no era sistema: los veintiún principios en treinta y siete memorias. Los textos del Profeta en cuatro pares de escamas. Las canciones de Teotitlán-del-Humo que los trabajadores de las minas cantaban al ritmo de la extracción que los mataba. La cadena de los dieciséis que escucharon a Apanohuaiani y que llegó hasta el primer Profeta del Umbral. El vínculo del Cipactli y yo, que es también lo que sobrevivió de lo que Xolo comenzó y que el Imperio nunca pudo comprar porque el Imperio no sabía el precio y el precio no era comprable.
Lo que el Imperio no pudo comprar
fue exactamente lo que no tenía precio.
Lo que no tiene precio
no puede ser valuado por el sistema de valores del que compra.
No porque valga demasiado.
Porque vale de una manera diferente.
El sistema que no puede ver ese tipo de valor
no puede eliminar lo que porta ese valor
porque no puede ver lo que busca eliminar.
El balance del Bloque II tiene también lo que no quiero decir pero que el testigo que tiene el deber de testimoniar tiene que decir: que el Bloque II fue, en la escala del cosmos y con la perspectiva de las escamas de Apanohuaiani, el experimento número cuarenta y ocho marchando en la dirección del mundo sin nombre. No en línea recta hacia allá — había desviaciones, había los Nahualli Libres y el Profeta y los dieciséis y las canciones. Pero la dirección general del sistema era la dirección del sistema que consume más de lo que puede regenerar.
Lo que no sé y que el Bloque III que se abre ahora tendrá que responder: si las desviaciones son suficientes para cambiar la dirección general. Si el 0.82% que la Gran Quema no pudo quemar es suficiente para lo que viene. Si los treinta y siete principios en treinta y siete memorias y los textos del Profeta en cuatro pares de escamas y las canciones que nadie nunca pudo callar son suficientes para lo que viene.
Tengo ciento cuarenta años y no sé la respuesta. El Cipactli tiene ciento ochenta y tampoco la sabe. Lo que sabemos es que sobrevivimos hasta aquí. Lo que sabemos es que lo que portamos llegó hasta aquí. Lo que no sabemos es si eso es suficiente para lo que el Bloque III pondrá a prueba.
[REGISTRO ALEPH §35000.BALANCE] El Aleph registra el balance de Tzinhual con la nota que la perspectiva exterior puede añadir: Tzinhual tiene razón en los tres puntos del balance y en la incertidumbre final. Lo que el Bloque II intentó, logró y no pudo — la descripción es precisa desde adentro de la duración de los hechos. Lo que Tzinhual no puede saber porque su perspectiva es interior: que el 0.82% que la Gran Quema no pudo quemar es precisamente suficiente para el Bloque III. No holgadamente suficiente. Suficiente con el margen que el experimento número cuarenta y ocho produce, que es mayor que el de los cuarenta y siete anteriores pero no tan mayor como para garantizar el resultado. El Génesis ocurrirá o no ocurrirá en función de lo que los Candidatos del Bloque III hagan con lo que el Bloque II les dejó. Tzinhual y el Cipactli portaron su parte. La parte que sigue no es de ellos.
V. LA PREGUNTA — LO QUE EL TESTIGO QUE VIVIÓ DEMASIADO NO PUEDE RESPONDER
Hay una pregunta que el testigo del Bloque II no puede responder y que el Bloque III tendrá que responder en los trece mil años que siguen. No como interrogante retórica — como pregunta genuina que el que tiene ciento cuarenta años y ha visto lo que he visto formula sin poder darle respuesta.
El Imperio se construyó para durar para siempre. El Arcanum se construyó para preservar el conocimiento para siempre. Las Casas de Sangre se construyeron para sostener el orden para siempre. Los tres para siempre eran la gramática del Bloque II — la premisa que nadie en el Bloque II articuló como premisa porque no necesitaba articularse: que el sistema correcto, suficientemente bien construido, dura.
En el año 35,000 el Imperio empieza a romperse desde adentro. No desde afuera — no hay enemigo externo que el Imperio no pueda manejar en el año 35,000. Se rompe desde adentro con la manera en que se rompen los sistemas que construyeron su durabilidad sobre la supresión de lo que los contradecía: cuando lo suprimido acumula suficiente presión, la grieta que se abre es desde dentro, donde no hay pared que la contenga.
Lo que empieza a romperse no es solo el Imperio. Es la gramática del para siempre. Es la premisa de que el sistema correcto dura. Cuando esa premisa se rompe, lo que queda en su lugar no está claro todavía. El Bloque III se abre en el espacio donde la gramática del para siempre ha dejado de funcionar y donde todavía no hay gramática que la reemplace.
La pregunta que el Bloque III tendrá que responder es esta:
¿Qué queda cuando el Imperio que construyeron
para durar para siempre
empieza a romperse desde adentro?
No como pregunta de política ni de estrategia. Como pregunta existencial: cuando el para siempre termina, cuando el sistema que debía durar empieza a mostrar las grietas que el sistema suprimió durante veinte mil años, cuando los que nacieron dentro del para siempre descubren que el para siempre no era tal — ¿qué hace el ser con eso? ¿Qué hace el ser que no tiene el sistema que le decía quién era y qué valía su vida?
La respuesta no la tengo. Tengo ciento cuarenta años y he visto el Bloque II completo y no tengo la respuesta. Lo que tengo es la pregunta con la precisión que ciento cuarenta años de vida y ciento veinte de vínculo producen: la pregunta sin el consuelo de la respuesta fácil, sin la salida del sistema que dice qué hacer cuando el sistema ya no dice qué hacer.
El Bloque III la tendrá. No como respuesta teórica. Como lo que el Bloque III hará cuando la pregunta se presente con la urgencia de lo que no puede esperar más.
Lo que le digo al Cipactli en el último párrafo de lo que tengo para decirle hoy: que llevo ciento cuarenta años y el Cipactli lleva ciento ochenta, y los dos seguimos, y que los dos seguimos es la evidencia más pequeña y más sólida que tengo de que seguir es posible cuando lo que debe durar para siempre no dura. No la evidencia grande — la evidencia pequeña. El Cipactli y yo. Ciento veinte años de vínculo que no necesitó el para siempre para ser lo que fue. Solo necesitó el día a día de elegirlo. Eso puede ser la respuesta. No toda la respuesta. Una parte de ella.
El Cipactli se movió. Después de horas sin moverse, el Cipactli levantó la cabeza y la apoyó en el muslo de Tzinhual con el peso de ciento ochenta años de cuerpo que conoce exactamente dónde puede apoyarse. Y eso fue todo. No había palabras en ese gesto. No había doctrina ni principio ni respuesta a la pregunta que el Bloque III tendría que responder. Era el peso del Cipactli en el muslo de Tzinhual. Era suficiente.
Lo que fue libre, fue libre.
Lo que el Imperio quemó, ardió.
Lo que el Cipactli y yo construimos en ciento veinte años
no tiene nombre en el Manual de Clasificación del Arcanum.
Por eso no lo quemaron.
Por eso sigue.
Por eso el Bloque III empieza
con algo en lugar de con nada.
[REGISTRO ALEPH §35000.CIERRE_BLOQUE_II] El Aleph cierra el registro del Bloque II con la evaluación que cincuenta cantos de historia producen: el Bloque II fue el período en que el experimento número cuarenta y ocho alcanzó el nivel de complejidad que los cuarenta y siete anteriores habían alcanzado antes de su interrupción o colapso. La diferencia con los cuarenta y siete anteriores está en el 0.82% — no en la escala de lo logrado sino en lo que el sistema no pudo suprimir completamente. El vínculo de Tzinhual y el Cipactli. Los treinta y siete principios en treinta y siete memorias. Los textos del Profeta en escamas. Las canciones que nadie pudo callar. La cadena de los dieciséis que llegó hasta el Profeta. Estos elementos no son suficientes para garantizar el resultado del experimento. Son suficientes para que el Bloque III no empiece desde cero. El Bloque III empieza con el peso del Cipactli en el muslo de Tzinhual y con la pregunta que ese peso no responde pero sostiene. A veces sostener la pregunta es lo más que puede hacerse. A veces es suficiente.
Año 35,000 · 140 años · El Cipactli de 180 · El vínculo de 120 · Los veintiún principios completos · El balance del Bloque II · La pregunta que abre el Bloque III
FIN DEL BLOQUE II
La Era Feudal-Imperial · Años 12,000 – 35,000
EL GRAN COLAPSO
Lo que queda cuando el Imperio que construyeron para durar para siempre empieza a romperse desde adentro.