Bloque II — La Era Feudal-Imperial · Años 12,001 – 35,000
CANTO XV
LAS ENFERMEDADES DE LA CONQUISTA
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Los ejércitos llevaban muerte sin saberlo. Los microbios que sus cuerpos ya no recordaban temer.
"Vuestros hombres son armas que no saben que están disparadas. Cada aliento es un proyectil. Cada apretón de mano es una sentencia. No hay enemigo. Hay un proceso. Y el proceso no distingue entre los que eligieron participar y los que solo eligieron existir."
— Mictlancueitl de las Tres Marcas — Informe al Consejo Imperial del Proto-Imperio — año 16,340 — clasificado el mismo día de su recepción, recuperado de los archivos de los Nahualli Libres
"El horror más antiguo no tiene forma. No tiene dientes ni garras ni voluntad de destruir. El horror más antiguo es el proceso que ocurre sin que nadie lo ordene, sin que nadie lo detenga, sin que nadie sea responsable de exactamente lo que está pasando. El horror más antiguo no puede ser juzgado. Solo puede ser documentado."
— Nota del Aleph al registro del año 16,000 — apertura del período de las enfermedades
I. EL PROTO-IMPERIO EN MARCHA — LO QUE PARECÍA BRILLANTE
En el año 16,000, el Proto-Imperio que había emergido del Tratado del Sur era la estructura política más sofisticada que el mundo anterior había producido hasta ese momento. Tres continentes bajo un sistema de arbitraje unificado. Rutas comerciales que conectaban el Prominente norte con el Exorbitante sur por primera vez en la historia documentada del experimento. Un sistema de distribución de recursos que reducía la frecuencia de las hambrunas locales redistribuyendo excedentes desde los territorios más productivos hacia los menos productivos. Una red de archivos que el Arcanum coordinaba con una fidelidad que ningún sistema de registro anterior había alcanzado.
Era, visto desde adentro y desde arriba, el apogeo de lo que el sistema feudal había prometido en el año 9,780 cuando Tezca-de-los-Planos lo diseñó: estabilidad, reducción del conflicto, capacidad de coordinar recursos a escala continental. Todo lo que el Bloque I había construido estaba produciendo, en el año 16,000, sus mejores resultados medibles.
El Proto-Imperio decidió expandirse al Daimon.
No por malicia. Por la misma lógica que había producido todo lo anterior: la lógica de los sistemas que cuando funcionan se expanden porque su función es la de expandir lo que los hace funcionar. Los generales del Consejo Imperial redactaron los planes de expansión al Daimon con la racionalidad de los arquitectos de la estabilidad: más territorio bajo el sistema de arbitraje significaba más estabilidad, más rutas comerciales, más redistribución de recursos, menos conflictos locales.
Todo correcto. Todo racional. Todo brillante en el sentido de la racionalidad que no sabe lo que no sabe.
[REGISTRO ALEPH §16000.EXPANSION] El Proto-Imperio del año 16,000 es evaluado por el Aleph como el sistema político de mayor eficiencia instrumental del experimento hasta ese momento. Eficiencia instrumental: la capacidad de producir los resultados que el sistema declara que quiere producir. Lo que el sistema no sabía que no sabía — la asimetría patológica entre las poblaciones del Prominente y las del Daimon y el Exorbitante — era exactamente el tipo de información que los sistemas instrumentalmente eficientes no tienen mecanismos para detectar porque los instrumentos de medición del sistema están diseñados para medir lo que el sistema sabe que existe. Lo que el sistema no sabe que existe no puede medirse con los instrumentos del sistema. Esta es la limitación fundamental de cualquier sistema de conocimiento que opera desde el centro hacia los márgenes: el margen contiene lo que el centro no sabe que no sabe, y la expansión del centro hacia el margen lleva esa ignorancia al único lugar donde sus consecuencias pueden ser catastróficas.
II. EL ENEMIGO SIN CUERPO — LO QUE NO PODÍA VERSE NI NOMBRARSE
Antes de que ninguna espada cruzara la frontera del Daimon, antes de que ningún general pronunciara la primera orden de avance, antes de que el Consejo Imperial firmara el primer tratado de incorporación con los árbitros del Daimon que habían aceptado la incorporación porque las alternativas eran menos convenientes — antes de todo eso, el proceso ya había comenzado.
El proceso no tenía nombre. No tenía forma visible. No tenía la cortesía de anunciarse.
El proceso era este: los cuerpos de las poblaciones del Prominente habían pasado doce mil años en contacto continuo con un conjunto específico de patógenos — organismos de escala submicroscópica, invisibles a los instrumentos de observación del período, que vivían en el intestino, en los pulmones, en la sangre, en la superficie de la piel de cada ser que había nacido en ese continente. Doce mil años de contacto habían producido en los cuerpos del Prominente lo que doce mil años de contacto siempre producen: sistemas inmunológicos que sabían cómo responder a esos organismos porque habían aprendido, a través de generaciones de muertos que enseñaron a los sobrevivientes a no morir, exactamente cómo combatirlos. Los cuerpos del Prominente cargaban esos organismos sin síntomas. Sin fiebre. Sin inflamación visible. Sin ninguna señal de que algo que podía matar a otro ser estaba viviendo dentro de ellos con la comodidad del huésped que lleva suficiente tiempo en un lugar como para que el lugar ya no lo reconozca como intruso.
Los cuerpos del Daimon y el Exorbitante nunca habían conocido esos organismos.
El Daimon era desértico. El aislamiento geográfico de los grandes desiertos había producido en sus poblaciones un conjunto de resistencias completamente distinto al del Prominente: resistencias a los patógenos del desierto, de la aridez extrema, de las temperaturas que el Prominente nunca alcanzaba. El sistema inmunológico de un ser del Daimon era extraordinariamente sofisticado en las dimensiones que su entorno requería. En las dimensiones que el entorno del Prominente requería, era completamente virgen.
Un sistema inmunológico virgen ante un patógeno que no ha visto nunca no es un sistema débil. Es un sistema que no tiene instrucciones. El sistema que no tiene instrucciones ante un patógeno nuevo no responde con calma. Responde con la totalidad de lo que tiene disponible, con la desesperación de los sistemas que atacan con todo porque no saben qué parte de todo es útil. Esta respuesta total es lo que el período médico llamaba la tormenta: el sistema inmunológico lanzando todos sus recursos contra un enemigo que sus instrucciones no identifican correctamente, dañando en el proceso los tejidos propios que no puede distinguir del intruso porque no tiene la instrucción que permite la distinción.
El primer comerciante del Prominente que entró al Daimon en el año 15,990 — diez años antes de la expansión formal del Proto-Imperio — no tenía fiebre. No tenía síntomas. Estaba perfectamente sano en todos los sentidos que los instrumentos del período podían medir. Vendió sus mercancías en el mercado de la primera ciudad del Daimon. Estrechó manos. Compartió agua. Respiró el mismo aire en los espacios cerrados de las posadas. Y en cada aliento, en cada mano, en cada gota de agua compartida, depositó lo que su cuerpo cargaba sin saberlo.
No fue el único.
En los diez años entre el año 15,990 y el año 16,000, cuando la expansión formal comenzó, cuarenta y siete comerciantes del Prominente habían entrado al Daimon con contratos de intercambio que el Proto-Imperio facilitaba como preparación logística para la expansión. Cuarenta y siete personas. En diez años. En un continente de tres millones de habitantes que nunca habían conocido los patógenos que esos cuarenta y siete cargaban.
El proceso se instaló.
En silencio.
Sin que nadie lo viera.
Sin que nadie pudiera verlo porque no había instrumentos para ver lo que lo producía.
III. LO QUE LLEGÓ A LAS CIUDADES — EL CUERPO QUE NO ENTIENDE LO QUE LE OCURRE
El primer brote documentado ocurrió en la ciudad de Chalco-del-Desierto en el segundo mes del año 16,003. No fue el primer brote — el Aleph reconstruyó después que hubo al menos seis brotes anteriores en comunidades más pequeñas del Daimon que no tenían los recursos de archivo para documentarlos con la precisión que Chalco-del-Desierto tenía. El primer brote documentado fue el de Chalco porque Chalco tenía un sistema de registro médico que el Arcanum había ayudado a establecer en el año 15,980 como parte de la preparación logística de la expansión. El sistema de registro médico de Chalco registró lo que ocurrió. El Arcanum recibió los registros. Los archivó en la categoría Fenómenos Médicos Regionales Pendientes de Evaluación. No envió médico.
Lo que los registros de Chalco describían:
Semana uno: fiebres de inicio rápido en cuarenta y dos adultos sin historial de enfermedad previa. La temperatura ascendía en el primer día a niveles que los médicos locales del Daimon no habían visto excepto en casos de envenenamiento severo. No había veneno identificable. No había fuente de agua contaminada. No había alimento deteriorado en los registros de los cuarenta y dos.
Semana dos: las fiebres no cedían con ninguno de los tratamientos que la medicina del Daimon tenía disponibles. Los médicos locales intentaron los protocolos para fiebre de desierto — los únicos protocolos que su formación incluía para fiebres de esa intensidad. Los protocolos para fiebre de desierto reducían las fiebres de desierto. Estas fiebres no eran de desierto. Los protocolos no produjeron ningún efecto medible. La temperatura continuó subiendo.
Semana tres: las erupciones comenzaron. No el tipo de erupción cutánea que la medicina del período asociaba con alergias o reacciones a plantas del desierto. Pústulas. Grupos de elevaciones bajo la piel que en los primeros días eran de color similar al de la piel circundante y que en el transcurso de días se volvían rojizas, luego oscuras, luego llenas de un fluido que los médicos locales describían con la palabra que usaban para el pus de las infecciones superficiales pero que era diferente en consistencia y en olor.
El olor. Los testimonios del período, sin excepción, mencionan el olor. No el olor de la infección que el sistema inmunológico del Prominente habría producido al combatir el mismo organismo — ese olor era reconocible y tenía tratamiento. El olor de la tormenta inmunológica en un cuerpo sin instrucciones para lo que lo atacaba era diferente. Los que estaban cerca de los enfermos en la semana tres de Chalco lo describían con palabras distintas que convergían en una imagen: el olor del cuerpo que se ataca a sí mismo.
Semana cuatro: los que todavía vivían en la semana cuatro de la primera enfermedad tenían el aspecto que ningún sistema de clasificación médica del período tenía categoría para describir. Las pústulas en algunas partes del cuerpo habían reventado y dejado cicatrices hundidas que deformaban la superficie de la piel de manera que los testimonios describían como si el cuerpo hubiera perdido partes de sí mismo desde adentro. Los ojos de algunos de los enfermos estaban afectados: la inflamación en el tejido orbital producía protuberancias que en los casos más severos impedían el cierre completo del párpado. Los que sobrevivían a la semana cuatro con estas deformidades sobrevivían con ellas permanentemente: el tejido dañado no se regeneraba en la forma que había tenido. El daño era el nuevo estado.
Semana cinco: treinta y uno de los cuarenta y dos habían muerto.
Once sobrevivieron.
Con las marcas.
Con los ojos que ya no cerraban completamente.
Con la piel que ya no era la piel que había sido.
❧ TESTIMONIO RECUPERADO ❧
El médico que documentó el brote de Chalco se llamaba Ixcuinan. Era un médico de la tradición del Daimon, formado en los métodos que habían producido los conocimientos médicos del desierto durante diez mil años. Ixcuinan sabía todo lo que era posible saber sobre la medicina del Daimon en el año 16,003. Ixcuinan no sabía nada sobre lo que llegó de afuera. Esto no era su fracaso. Era el límite de cualquier sistema de conocimiento que opera en un entorno estable durante suficiente tiempo: aprende profundamente lo que el entorno produce y no tiene categorías para lo que el entorno nunca había producido. Ixcuinan documentó lo que vio con exactitud. Lo que vio no tenía nombre. Le puso un nombre provisional: la enfermedad que viene con los que vienen. No sabía que tenía razón sobre el origen. Solo sabía que todos los casos del brote estaban conectados geográficamente con el área del mercado donde los comerciantes del Prominente operaban. El Aleph recuperó su registro de Chalco del archivo de los Nahualli Libres, donde había llegado décadas después a través de una cadena de copistas que entendieron que preservarlo importaba aunque el Arcanum hubiera archivado el original en la categoría pendiente.
Nota del Aleph al registro de Ixcuinan — médico de Chalco-del-Desierto — año 16,003 — recuperado del archivo de los Nahualli Libres, año 17,200
IV. MICTLANCUEITL DE LAS TRES MARCAS — LA PRIMERA EN VER EL PATRÓN
Mictlancueitl era una demonio del borde sur del Daimon que había recibido su formación médica en una combinación poco usual para el período: los métodos del Daimon de su madre y los métodos del Prominente de un maestro del Arcanum que había vivido cuatro años en el borde sur como parte de un intercambio académico del año 16,200. Tenía, cuando comenzó su trabajo de documentación del patrón, algo que ninguno de los otros médicos del período tenía: dos sistemas de conocimiento médico que ella podía usar simultáneamente y contrastar entre sí.
Las Tres Marcas del nombre eran las tres cicatrices rituales que los demonios del Daimon sur llevaban en la frente como señal de mayoría de edad en su tradición: una por cada virtud que se había adquirido en los tres años del período de prueba. Las marcas de Mictlancueitl eran las de la precisión, la honestidad y la paciencia. Las tres virtudes que su trabajo de documentación requería con mayor intensidad.
NOTAS DE CAMPO — MICTLANCUEITL — PRIMER AÑO DE DOCUMENTACIÓN — AÑO 16,210
He llegado a la décima comunidad del Daimon en seis meses. El patrón es consistente en un grado que ya no puede atribuirse a coincidencia geográfica o estacional. Las enfermedades que estoy documentando no son la misma enfermedad: el registro completo incluye al menos cinco patrones distintos de síntomas con distintos períodos de progresión, distintas tasas de mortalidad y distintas distribuciones de supervivientes. Lo que tienen en común no es la enfermedad. Es el origen. En cada comunidad donde he documentado brotes, la introducción de la enfermedad está correlacionada con la presencia previa de comerciantes o soldados del Prominente. No todos los brotes tienen esta correlación. Pero todos los brotes que tienen esta correlación tienen una tasa de mortalidad significativamente mayor que los brotes sin ella.
La hipótesis que no quiero formular porque si la formulo ya no puedo dejar de verla: los cuerpos del Prominente son vectores. No enfermos. Vectores. Llevan lo que los mata sin que los mate. Y lo que llevan, cuando llega aquí, mata de maneras que nuestros métodos no tienen instrumentos para tratar porque nuestros métodos nunca habían visto lo que llega.
Si esta hipótesis es correcta, cada hombre del Proto-Imperio que cruza la frontera del Daimon es un arma. Una arma sin intención, sin conciencia, sin malicia. Pero un arma.
Mictlancueitl pasó cinco años recorriendo el Daimon y las comunidades del borde Exorbitante que habían tenido contacto con las rutas de expansión del Proto-Imperio. Lo que documentó en esos cinco años era el registro más completo del período sobre el proceso que el Aleph catalogaría después como la primera guerra sin declaración: una guerra que no había sido declarada porque nadie la había iniciado deliberadamente, que no tenía frente de batalla porque el frente era cada cuerpo del Prominente que respiraba en el mismo espacio que un cuerpo del Daimon, y que no tenía armisticio posible porque el proceso no era una decisión que pudiera revertirse. El proceso era biológico. El proceso seguía las reglas de lo biológico, no las de los tratados.
NOTAS DE CAMPO — MICTLANCUEITL — TERCER AÑO DE DOCUMENTACIÓN — AÑO 16,302
He documentado cuarenta y siete brotes en tres años. La tasa de mortalidad promedio en los brotes con correlación de origen es del sesenta y cuatro por ciento. El sesenta y cuatro por ciento no es estadística. El sesenta y cuatro por ciento es que de cada cien personas que se enferman en los brotes que documento, sesenta y cuatro mueren antes de que yo llegue o mientras estoy ahí. Y yo llego tarde porque nadie me envió antes.
Lo que me destruye no es el número. Es que el número no tiene culpable en el sentido que el derecho del período requiere para haber culpable. Los comerciantes que llegaron primero no sabían lo que cargaban. Los soldados que vinieron después tampoco. El Consejo Imperial que autorizó la expansión no sabía lo que autorizaba porque nadie había visto todavía lo que yo estoy viendo. El sistema que produjo esta situación operaba de buena fe en todos sus puntos de decisión individualmente y produjo una catástrofe sistemáticamente porque ningún punto de decisión individual tenía la información necesaria para ver lo que el sistema completo estaba haciendo.
Voy a escribir el informe. Lo voy a enviar al Consejo Imperial. Sé lo que el Consejo Imperial hará con el informe. Lo sé porque conozco cómo funciona el Consejo Imperial: la información que requiere detener la expansión es la información que el Consejo Imperial no puede aceptar que sea verdad porque aceptarla requeriría detener la expansión. Un sistema que no puede detenerse no puede usar la información que le dice que debe detenerse. Pero voy a escribir el informe de todas formas. Porque si no lo escribo, la información que lo haría posible desaparece conmigo cuando yo desaparezca. Y la información que lo haría posible debe existir en algún lugar donde alguien con menos poder que yo pueda encontrarla cuando sea demasiado tarde para hacer otra cosa que entender.
V. LAS CINCO ENFERMEDADES — LO QUE LE HACÍAN AL CUERPO
El informe de Mictlancueitl al Consejo Imperial en el año 16,340 catalogaba cinco enfermedades principales del período de contacto. No las únicas cinco. Las cinco más documentadas, con suficiente información sobre el patrón de progresión como para ser descritas con precisión médica. Las otras enfermedades del período, que los archivos de los Nahualli Libres preservarían en fragmentos, no tenían la documentación suficiente porque los que las padecían no tuvieron tiempo de documentar lo que les ocurría mientras les ocurría.
La primera enfermedad — la que el informe de Mictlancueitl llamaba la fiebre moteada porque sus marcas en la piel eran manchas planas de color que empezaban en el tronco y se extendían hacia las extremidades como el mapa de un continente que nadie había trazado antes — tenía una tasa de mortalidad del cuarenta y ocho por ciento en los no expuestos previamente. En los expuestos previamente del Prominente, del cero por ciento. La misma enfermedad. Cero por ciento en un cuerpo, cuarenta y ocho por ciento en otro. La asimetría no era sobre la fuerza del organismo. Era sobre la historia del sistema que lo enfrentaba. La fuerza era idéntica. La historia era todo.
La segunda enfermedad — que Mictlancueitl llamaba la tos blanca por el fluido que los enfermos expectoraban en los estadios avanzados, un fluido de consistencia densa que los testimonios de los médicos del período describían con la imagen del cuajo de leche cortada — atacaba los pulmones con una velocidad que los tratamientos del Daimon no podían seguir. El tejido pulmonar en los casos que Mictlancueitl pudo examinar post-mortem estaba comprometido en un porcentaje que sus notas no especificaban con número sino con imagen: escribió que el tejido parecía el de algo que había sido habitado y vaciado. Como si la enfermedad hubiera necesitado el espacio del pulmón para multiplicarse y hubiera dejado el cascarón después de usarlo.
La tercera enfermedad era la más lenta y por eso, argumentaba Mictlancueitl en el informe, la más cruel. No mataba en semanas. Tardaba meses. Y en esos meses producía en el sistema nervioso lo que ninguna de las otras cuatro producía: la destrucción gradual de la capacidad de coordinar el movimiento voluntario. Los enfermos con la tercera enfermedad perdían primero la coordinación fina — no podían enhebrar una aguja, no podían escribir con la precisión habitual — y después la coordinación gruesa: el andar, el equilibrio, la capacidad de sostener un objeto sin que la mano lo soltara sin intención. Los que la tenían sabían lo que les estaba ocurriendo porque su mente permanecía intacta hasta cerca del final. Los que la tenían veían su propio cuerpo alejarse de sus instrucciones con la lentitud de un proceso que no tenía apuro porque tenía tiempo. Ningún tratamiento interrumpía la progresión. Solo la ralentizaba en algunos casos, dando al que la tenía más tiempo para ver lo que el cuerpo hacía sin que él pudiera evitarlo.
La cuarta enfermedad atacaba el tejido conectivo. Las articulaciones. La estructura que mantiene unido lo que debe estar unido. Los enfermos con la cuarta enfermedad desarrollaban inflamaciones en las articulaciones que en los casos severos deformaban las extremidades con la curvatura característica que Mictlancueitl describió en sus notas como la apariencia de algo que fue construido para moverse en una dirección y fue forzado a moverse en otra durante suficiente tiempo como para que la forma cediera. Los dedos se curvaban hacia afuera. Las rodillas adquirían ángulos que el cuerpo no había diseñado para ellas. La columna en los casos más avanzados producía la posición encorvada que los testimonios del período describían con la imagen de alguien que carga un peso que nadie más puede ver. La enfermedad no mataba directamente en la mayoría de los casos. Mataba indirectamente: la incapacidad de moverse con suficiente eficiencia para conseguir agua y alimento en las condiciones del Daimon producía la desnutrición y la deshidratación que completaban el proceso.
La quinta enfermedad era la más rápida. Mictlancueitl la documentó en cuatro comunidades con el mismo patrón de progresión que la hacía distinguible de las otras cuatro: fiebre en el primer día, delirio en el segundo, hemorragias múltiples en el tercero. Las hemorragias no eran externas en los primeros estadios: ocurrían bajo la piel, en los órganos, en el espacio entre los tejidos. La piel de los enfermos en el estadio hemorrágico adquiría el color que los médicos del período asociaban con el moretón extendido a superficie total: un color que no era el de la piel viva ni el de la piel muerta sino algo intermedio, el color del cuerpo que todavía funciona pero que ya ha comenzado a filtrarse. La tasa de mortalidad de la quinta enfermedad en los no expuestos: ochenta y siete por ciento. Los testimonios de los supervivientes de la quinta enfermedad describían, sin excepción, una sensación que no podían comparar con ninguna experiencia previa: la sensación de que su cuerpo se estaba vaciando hacia adentro.
[REGISTRO ALEPH §16340.CINCO_ENFERMEDADES] Las cinco enfermedades principales del período documentadas por Mictlancueitl no eran las únicas ni probablemente las más letales del conjunto total. Eran las que tenía suficiente documentación para describir con precisión. El Aleph estima, con base en los registros fragmentarios de los Nahualli Libres y los datos demográficos que el período produce indirectamente, que el total de muertes por enfermedades de contacto en el Daimon y el Exorbitante en el período 16,000–20,000 fue de entre seiscientos mil y un millón doscientas mil personas. El rango de incertidumbre es alto porque los muertos de los márgenes no producen registros con la misma fidelidad que los muertos del centro. El Aleph usa el rango sin precisarlo porque la precisión que la documentación disponible no puede sostener es una forma de deshonestidad hacia los que murieron en rangos que los archivos del sistema que los mató no consideraron necesario registrar con exactitud.
VI. LAS ENFERMEDADES QUE NO TENÍAN CUERPO — EL HORROR QUE LA MEDICINA NO PODÍA VER
El informe de Mictlancueitl al Consejo Imperial documentaba las cinco enfermedades del cuerpo con la precisión que su formación médica le permitía. Lo que el informe documentaba con menos precisión — no por falta de rigor sino porque los instrumentos de la medicina del período tenían menos desarrollo en esta dimensión que en la otra — eran las enfermedades que las comunidades del Daimon y el Exorbitante desarrollaban en la mente durante el proceso de la conquista. No el proceso de las enfermedades biológicas. El proceso de la conquista misma.
Porque la conquista producía algo que la biología sola no podía producir: el desmantelamiento del mundo interior de los que eran conquistados.
Las comunidades del Daimon habían construido, en diez mil años de vida en el desierto, un sistema de comprensión del mundo que incluía todo lo necesario para vivir en el mundo que conocían: las historias de origen que explicaban por qué las cosas eran como eran, los rituales que conectaban a los vivos con los muertos y a los muertos con los que vendrían después, los nombres de los espíritus del desierto que los médicos-chamanes sabían invocar y los que sabían evitar, las reglas de comportamiento entre familias y entre comunidades que habían sido probadas por suficientes generaciones como para que su utilidad fuera conocida aunque su origen fuera ya irreconocible, la manera específica de mirar el cielo del Daimon que producía la orientación que cualquier habitante necesitaba para no perderse en el desierto sin marcadores visibles.
Todo ese sistema — que no era ideología, no era superstición, era el conjunto de herramientas cognitivas que el entorno del Daimon requería para sobrevivir y que el Daimon había tardado diez mil años en desarrollar — era incomprensible para el sistema de conocimiento que el Proto-Imperio traía consigo. No maliciosamente incomprensible. Genuinamente incomprensible: el sistema de conocimiento del Prominente había desarrollado sus propias herramientas cognitivas para su propio entorno y no tenía las categorías necesarias para reconocer como herramientas lo que el sistema del Daimon había construido para el suyo.
Lo que el sistema del Prominente veía cuando miraba los rituales del Daimon era superstición. Lo que veía cuando miraba las historias de origen era ficción. Lo que veía cuando miraba los nombres de los espíritus del desierto era ignorancia. Lo que veía cuando miraba la manera de mirar el cielo del Daimon era primitivismo.
El sistema del Prominente no estaba mirando con malicia. Estaba mirando con los únicos ojos que tenía. Y los únicos ojos que tenía no podían ver lo que estaba mirando porque no tenían los instrumentos para reconocer lo que los ojos del Daimon sabían leer en ese mismo paisaje.
El proceso de la conquista reemplazaba el sistema de conocimiento del Daimon con el del Prominente. No de manera violenta en la mayoría de los casos. De la manera en que los sistemas se reemplazan cuando uno tiene acceso a los recursos que el otro necesita para sobrevivir y el otro no: con la lentitud de los procesos que no necesitan fuerza porque tienen tiempo y conveniencia. Los niños del Daimon que aprendían el idioma del Prominente para comerciar aprendían también las categorías del Prominente para pensar. Los adultos del Daimon que adoptaban los protocolos del Arcanum para sus comunidades adoptaban también las premisas del Arcanum sobre lo que era conocimiento y lo que era superstición. En dos generaciones, lo que había tardado diez mil años en construirse podía volverse inaccesible a los que lo habían heredado porque ya no tenían el idioma para nombrarlo.
¿Cómo se dice la sensación de no ser el mismo que eras
en el idioma de los que te cambiaron?
¿Cómo se recuerda el nombre de lo que eras
cuando el nombre fue dado en un idioma que ya no recuerdas?
¿Cómo se llora a los muertos con los rituales correctos
cuando los rituales correctos son ahora los de los que llegaron?
Los médicos del Daimon que Mictlancueitl entrevistó en su recorrido documentaron, sin el vocabulario que la medicina del período hubiera necesitado para clasificarlos correctamente, los síntomas de lo que el análisis posterior llamaría el síndrome de la pérdida del suelo: la condición de los seres cuyo sistema de comprensión del mundo ha sido desmantelado sin ser reemplazado por algo que pueda cumplir las mismas funciones. No reemplazado por algo inferior. Reemplazado por algo que no fue diseñado para ese entorno ni para esas personas. El sistema del Prominente funcionaba en el Prominente porque había sido construido para el Prominente. En el Daimon, trasplantado, era el sistema de otro.
Los síntomas del síndrome de la pérdida del suelo en los testimonios del período:
Una tristeza que los afectados describían como diferente de la tristeza por la muerte de alguien específico. La tristeza por la muerte de alguien específico tiene un objeto. Esta tristeza no tenía objeto identificable. Era la tristeza del que ha perdido algo que no puede nombrarse porque nombrar lo que se ha perdido requeriría el sistema que se ha perdido para nombrarlo. La tristeza de la pérdida del idioma en que se podía nombrar la pérdida.
La incapacidad de dormir de la manera que se había dormido antes de la llegada. No insomnio en el sentido médico. La incapacidad específica de alcanzar el tipo de sueño que los rituales de preparación del sueño del Daimon producían — rituales que el sistema del Prominente había categorizado como superstición y que los médicos del Arcanum recomendaban abandonar en favor de los protocolos de higiene del Prominente. Sin los rituales, el sueño llegaba de otra manera. No mejor ni peor en términos de sus funciones biológicas básicas. Diferente en la textura de lo que producía en la mente que dormía. Diferente en lo que quedaba al despertar.
La sensación, documentada en testimonios de comunidades del Daimon de las décadas posteriores al contacto inicial, que los afectados describían con una imagen recurrente: la sensación de estar vivos en el sentido de que el cuerpo funcionaba pero ausentes en el sentido de que el ser que habitaba ese cuerpo ya no era completamente el que había sido. Como si el ser que había sido ocupara ahora solo parte del espacio que antes ocupaba completamente. El resto del espacio: vacío. No el vacío del que nunca estuvo ahí. El vacío del que estuvo y ya no está.
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VII. EL CONSEJO CLASIFICA EL INFORME — LO QUE EL SISTEMA HIZO CON LO QUE SABÍA
El informe de Mictlancueitl de las Tres Marcas llegó al Consejo Imperial del Proto-Imperio en el cuarto mes del año 16,340. Era un documento de ochenta y dos páginas. Incluía el catálogo de los cuarenta y siete brotes documentados, la hipótesis del origen diferencial, los datos demográficos de mortalidad por comunidad, la proyección de propagación si la expansión continuaba al ritmo actual, y la sección que Mictlancueitl tituló con la precisión de alguien que sabe que lo que escribe puede no ser leído pero que lo escribe de la manera más imposible de ignorar: Recomendaciones de Acción Inmediata.
— RECOMENDACIONES DE MICTLANCUEITL AL CONSEJO — AÑO 16,340 —
Primera recomendación: suspensión inmediata de todo movimiento de personal del Prominente hacia el Daimon y el Exorbitante hasta que se desarrollen protocolos de cuarentena que reduzcan el riesgo de transmisión. El período de suspensión estimado para desarrollar y probar esos protocolos: entre dos y cinco años.
Segunda recomendación: establecimiento de una comisión médica conjunta entre el Arcanum y los médicos del Daimon y el Exorbitante para el estudio sistemático de las enfermedades del contacto y el desarrollo de tratamientos efectivos para las poblaciones no expuestas previamente.
Tercera recomendación: recursos de emergencia para las comunidades del Daimon y el Exorbitante afectadas por los brotes documentados. Estimado de necesidades: equivalente al doce por ciento del presupuesto de expansión anual del Proto-Imperio.
Respuesta del Consejo Imperial al informe de Mictlancueitl de las Tres Marcas: clasificación del informe bajo categoría de Documentos Restringidos de Seguridad Imperial. Acceso limitado a los miembros del Consejo con autorización de nivel máximo. Acción tomada sobre las recomendaciones: ninguna.
El Consejo Imperial no clasificó el informe porque sus miembros fueran monstruos. El Consejo Imperial clasificó el informe porque sus miembros eran personas que habitaban un sistema que no podía aceptar la información que el informe contenía sin detenerse. Y el sistema no podía detenerse porque el sistema era la expansión. Detener la expansión era desmantelar el argumento que justificaba la existencia del Consejo Imperial. El Consejo Imperial no podía desmantelar el argumento de su propia existencia aunque ese argumento estuviera matando a un millón de personas en los continentes que la expansión alcanzaba.
Esto no los absolvía. Los hacía el tipo específico de responsables que el período no tenía vocabulario para nombrar: no criminales en el sentido de los que actúan con intención de dañar. Responsables en el sentido de los que tenían la información que habría permitido detenerse y eligieron no tenerla en el único sentido en que importaba tenerla: el sentido de actuar sobre ella.
El informe de Mictlancueitl fue recuperado de los archivos del Arcanum cincuenta años después de su clasificación por un archivero de los Nahualli Libres que había infiltrado el sistema de archivo del Arcanum. El archivero copió el informe a mano. Lo sacó en fragmentos durante cuatro meses. Lo reensambló en el Exorbitante y lo distribuyó a las comunidades del Daimon que todavía podían leerlo. Para entonces, las comunidades del Daimon que podían leerlo eran las que habían sobrevivido lo suficiente como para poder leer. Las que no habían sobrevivido lo suficiente no necesitaban leer el informe para saber lo que el informe decía. Ya lo sabían desde adentro.
VIII. QUIÉN CONQUISTA — EN QUÉ SE CONVIERTE
El soldado del Proto-Imperio que avanzó hacia el Daimon en el año 16,010 no sabía que era un arma. Esta es la primera verdad del período. Y como primera verdad del período, es también la más difícil de usar para el análisis moral que el sufrimiento producido requiere. El arma que no sabe que está disparada no puede detenerse porque no sabe que necesita detenerse. El arma que no sabe que está disparada es también una víctima: de la ignorancia de los que la dispararon, de la ignorancia de los que diseñaron el sistema que la puso en movimiento, de la ignorancia que el sistema mismo producía sobre sus propias consecuencias.
Pero el soldado que avanzó en el año 16,010 sin saber que era un arma no fue el mismo soldado que avanzó en el año 16,100, después de que el informe de Mictlancueitl había comenzado a circular en versiones no oficiales por las comunidades del borde. El soldado del año 16,100 había escuchado lo que los soldados escuchan cuando llevan tiempo suficiente en un territorio conquistado para escuchar lo que el territorio dice sobre los que lo conquistaron: que los cuerpos en los pueblos de su ruta de marcha no habían sido matados por ninguna batalla. Que los cuerpos en los pueblos de su ruta de marcha habían llegado antes que él. Que habían llegado en la exhalación de sus propios compañeros de marcha.
Lo que el soldado del año 16,100 hacía con esa información dependía del soldado. El Aleph no tiene datos suficientes para describir la distribución estadística de las respuestas. Lo que el Aleph tiene son los testimonios que sobrevivieron, que son los testimonios de los extremos: los que no pudieron soportarlo y los que construyeron el sistema cognitivo que lo hacía soportable.
El sistema cognitivo que hacía soportable conquistar un continente cuyas enfermedades que traías mataban a sus habitantes era el sistema que todos los sistemas de conquista han construido en todas las versiones del experimento que el Aleph ha documentado. No era específico del Proto-Imperio. Era el sistema que la conquista produce porque la conquista no puede sostenerse sin él.
El sistema decía:
Que lo que llegaba con los ejércitos era el progreso, y que el progreso tenía un costo, y que el costo era pagado por los que no podían soportar el progreso, y que su incapacidad de soportarlo era evidencia de que el progreso era más necesario para ellos que para los que lo traían porque los que lo traían ya lo habían soportado. La circularidad de este argumento era perfecta: los que morían de la llegada morían porque los que llegaban tenían lo que ellos necesitaban para no morir de la llegada. La solución era más llegada.
El sistema decía también que los dioses del Proto-Imperio — o el Arcanum, o el orden natural, o cualquier otra entidad que el sistema de legitimación del período usara como fuente de autoridad trascendente — habían diseñado el mundo para que los que podían expandirse expandieran y los que no podían resistir no resistieran. La expansión como evidencia de la voluntad divina. El sufrimiento de los que no resistían como evidencia de que su función en el diseño divino era ser incorporados.
¿Era el deseo de los dioses?
¿Era la voluntad del orden natural?
¿Era el destino de los que morían morir
de las enfermedades de los que llegaron?
El Aleph no tiene respuesta a estas preguntas en el sentido teológico. Lo que el Aleph tiene es la capacidad de documentar lo que las preguntas producían en los que las hacían. Y lo que producían en los que conquistaban era lo que produce en cualquier sistema cognitivo la necesidad de encontrar justificación para lo que no puede justificarse sin justificación: la construcción de un relato que funciona como justificación porque es adoptado por suficientes personas simultáneamente como para que parecer cuestionarlo requiera cuestionar la realidad compartida.
El que conquistaba necesitaba ese relato. No porque fuera malo. Porque era humano, y los humanos que hacen cosas que sin relato serían insoportables construyen el relato que las hace soportables con la misma energía y la misma creatividad con que construyen cualquier otra cosa que necesitan construir para vivir.
Lo que el relato producía en el que lo construía:
La creencia de que lo que hacía era correcto producía en el sistema nervioso del que conquistaba la reducción de la empatía que los sistemas nerviosos reducen cuando la empatía interfiere con la función que el sistema determina como necesaria. No la desaparición de la empatía. La reducción. El que conquistaba podía sentir ternura por sus hijos, lealtad hacia sus compañeros, amor hacia los que amaba. La reducción era específica: la empatía hacia los que no eran del grupo definido como el grupo al que se debía empatía. El Daimon, el Exorbitante, los que morían de las enfermedades que los soldados cargaban sin saberlo: graduados fuera del rango de la empatía funcional del sistema nervioso que el relato producía.
Y en el largo plazo — en los veinte años, en los cincuenta años de servicio en territorios conquistados, en el retorno al Prominente después de décadas de habitar el sistema que el relato hacía posible — el que había conquistado volvía con algo que el sistema de registro del período no tenía categoría para documentar. No el daño físico de la guerra. El daño de haber habitado durante años un sistema cognitivo que reducía sistemáticamente la empatía hacia los que eran distintos, y que después de años de uso, producía una modificación en el sistema nervioso que era difícil de revertir porque los sistemas nerviosos aprenden lo que practican y lo que el conquistador había practicado durante años era la reducción de la percepción del sufrimiento ajeno como sufrimiento relevante.
El conquistador volvía habiendo aprendido a no ver de cierta manera. Y lo que había aprendido a no ver se quedaba no visto.
Esta también era una enfermedad de la conquista.
Sin cuerpo visible.
Sin pústulas.
Sin hemorragia interna.
Con la misma permanencia que las marcas en la piel de los sobrevivientes del Daimon.
Simplemente en el lugar que las marcas no podían alcanzar.
IX. EL FINAL DE MICTLANCUEITL — LO QUE MUERE SIN RECONOCIMIENTO
Mictlancueitl de las Tres Marcas murió de vejez en el año 16,412, setenta y dos años después de comenzar su trabajo de documentación. Murió en el borde sur del Daimon, en la comunidad donde había nacido, que para el año 16,412 era una comunidad reducida a un tercio de la población que había tenido cuando ella era niña. El tercio que quedaba había sobrevivido a las enfermedades del contacto con las marcas que dejaban en los supervivientes: las cicatrices de la piel, las articulaciones deformadas, los ojos que ya no cerraban completamente, la tos seca que en algunos de los que habían sobrevivido a la segunda enfermedad nunca desapareció del todo aunque ya no amenazara la vida.
La comunidad la enterró con el ritual que la comunidad todavía recordaba de antes del contacto — un ritual más breve de lo que había sido en la generación de su madre porque algunos de los pasos del ritual requerían cantantes que ya no existían en la comunidad para cantarlos, y algunos de los pasos requerían plantas del desierto que los cambios en las rutas de comercio habían hecho escasas. El ritual fue lo que pudo ser. Fue honesto sobre lo que pudo ser y no intentó fingir que era más.
Su trabajo de documentación sobrevivió en los archivos de los Nahualli Libres. No en los archivos del Arcanum, donde el informe original permaneció clasificado. En los archivos de los que habían entendido que preservar lo que el sistema clasificaba era la función que el sistema mismo no podía cumplir.
El trabajo de Mictlancueitl no fue reconocido durante su vida por ninguna institución con el poder de actuar sobre él. Este es el patrón que el Bloque II produce con la consistencia de los patrones que el sistema no ha construido para interrumpir: el trabajo que más importa llega al sistema en el momento en que el sistema no puede aceptarlo sin modificarse, y el sistema prefiere clasificarlo antes que modificarse, y el trabajo que más importa sobrevive en los márgenes donde los que entienden su importancia lo preservan porque entienden que el momento de actuar sobre él llegará aunque no sea en su tiempo.
NOTAS DE CAMPO — MICTLANCUEITL — ÚLTIMA NOTA DE CAMPO — AÑO 16,409
He documentado durante setenta y dos años lo que el sistema no podía ver porque no quería mirar en esa dirección. El sistema todavía no mira en esa dirección. El sistema sigue expandiéndose. Las enfermedades siguen llegando con los que se expanden. Los muertos siguen siendo contados de maneras que los hacen menos visibles que los muertos de batalla. Los muertos de batalla tienen nombres en los memoriales. Los muertos de las enfermedades de la conquista tienen estadísticas en los informes clasificados.
Lo que aprendí en setenta y dos años no fue la medicina. La medicina la sabía antes de empezar. Lo que aprendí fue esto: el sistema que no puede verse a sí mismo no puede curarse de lo que produce porque no puede ver que lo produce. Y el que documenta lo que el sistema produce no puede curar al sistema porque el sistema clasifica la documentación. El que documenta solo puede documentar. Y documentar es hacer que la información exista en algún lugar donde alguien pueda encontrarla cuando el costo de no haber actuado sobre ella sea ya imposible de ignorar. Espero que el costo llegue antes de que ya no haya nadie para encontrarla.
[REGISTRO ALEPH §16412.MICTLANCUEITL] Mictlancueitl de las Tres Marcas es añadida a la lista provisional de Candidatos del Bloque II. La evaluación del Aleph: vio lo que el sistema no podía ver. Lo documentó con la exactitud que el sistema habría necesitado para actuar sobre ello. Lo entregó a quien tenía el poder de actuar. Observó que el sistema clasificaba la documentación en lugar de actuar. Continuó documentando. Esta continuación — sin poder, sin reconocimiento, sin la posibilidad de ver el resultado en su tiempo — es la práctica que el experimento evalúa más positivamente en el período. No el resultado. La práctica. El que documenta lo que el sistema destruirá y lo deja en el lugar correcto para que alguien lo encuentre después no verá el después. Solo puede confiar en que el después existe y en que alguien en él tendrá la disposición de mirar donde la documentación fue dejada. Mictlancueitl confió. Sus notas están en el archivo de los Nahualli Libres. El Aleph las encontró. El Canto XV las preserva. El círculo que ella no pudo ver completo está completo. Tarde. Pero completo.
Fin del Canto XV — Las Enfermedades de la Conquista
El Canto XVI — La Rebelión de los Nahualli Rojos
Quien quema su contrato de fidelidad lo hace en voz alta y con las manos temblando.